
-Aquella genial generación de artistas-
–Un viaje por el arte y la literatura en la Zamora siglo XX a través de la obra de Antonio Pedrero y Jesús Hilario Tundidor-
-Comisariada por Antonio Pedrero, Fernando Primo y Pedro Hilario Silva-
PRESENTACIÓN
La poesía es como una pintura y la pintura como una poesía que habla, un principio clásico, que resuena desde siempre en el ambiente artístico, fomentando la idea de una relación intrínseca entre la Decía Goethe decía que «Color y sonido no se dejan comparar entre sí de ninguna manera; pero es posible reducir a ambos a una fórmula más alta…Como dos ríos que nacen de un mismo monte pero que, en condiciones completamente distintas, corren por dos comarcas…así son sonido y color”.
La exposición, que se articula sobre sobre la amistad y la relación artística existente entre Antonio Pedrero y Jesús Hilario Tundidor, hace un recorrido temático por el modo en que ambos participaron desde la literatura y el arte, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, de los ambientes sociales, artísticos, monumentales y paisajísticos que los rodearon en su ciudad natal aquellos momentos y como esa complicidad funcionó, en no pocas ocasiones, como un catalizador de creatividad e inspiración, cuando no de apoyo mutuo; dando lugar a colaboraciones a veces intensas, basadas en el intercambio de ideas sobre el arte y en temáticas y visiones compartidas.
Es indudable que durante los diferentes momentos históricos se producen, entre los escritores y artistas, coincidencias en torno a algunos aspectos generales relacionados con determinados intereses e inquietudes que se traducen tanto en especiales claves temáticas e ideológicas, como con diferentes maneras de enfrentarse al lenguaje literario y artístico, al tiempo que se comparten vivencias y determinadas referencias culturales o ideas sobre las funciones que los escritores y artistas han de asumir en la sociedad circundante. Dichos elementos son recogidos y analizados de un modo recurrente por los estudiosos y críticos y que suelen tenerse presentes a la hora de llevar a cabo las distintas parcelaciones o agrupaciones. Unos agrupamientos que concuerdan, a veces, con espacios de amistad que fortalecen el intercambio artístico y el establecimiento de estímulos para la innovación, que demuestran que como el vínculo humano puede ser fundamental para el crecimiento artístico.
Desde esa premisa, los textos, pinturas, fotografías u objetos recogidos en la exposición ·En paralelo” buscan mostrar el modo en que un espacio y unas particulares vivencias que se producen en un momento dado entre ese, como asevera Javier García Martín, «grupo genial, generación de artistas que dio Zamora en la primera mitad del siglo XX» se proyectaron a lo largo de los años, llegando a modular espacios compartidos entre escritores y artistas de nuestra ciudad. Unos espacios compartidos que se descubren, sobre todo, en el abordaje de diversas temáticas que reflejan unos valores, unas preocupaciones y una visión del mundo, así como unas posturas ante lo religioso o lo popular, o ante ciertas preocupaciones existenciales o compromisos ante la realidad social, por más que cada uno lo haga aportado una perspectiva única en esa exploración y representación del mundo y la experiencia humana.
Con este fin, se han configurado un RECORRIDO POÉTICO VISUAL alrededor de DIEZ CALAS TEMÁTICASque muestra no solo el modo en que estos escritores y artistas compartieron un contexto sociopolítico y unasperspectivas artísticas particulares; sino tambiénunas temáticas, estilos y preocupaciones comunes, y un uso de la literatura y el arte como medio para expresar una personal visión de lo real, inspirándose en movimientos anteriores, pero llevando a cabo procesos de innovación y modulación para la creación y plasmación de nuevas formas, ideas, técnicas o experiencias en el arte, sobre las que definir una particular expresión estética y una concreta relación con le público, un modo de enfrentarse a lo artístico que implicará, a menudo, una reevaluación de lo establecido y una reescritura muy personal de la experiencias estética por más que esta esté asentada sobre una herencia cultural y un legado compartido que podemos definir alrededor de:un mismo contexto histórico y social (eventos históricos, cambios políticos y transformaciones sociales similares); unos temas y discursos comunes (se abordan problemáticas, preocupaciones o narrativas similares que son relevantes para todos y crean un discurso artístico coherente que resuena conformando un personal espacio de opinión); unas particulares influencias culturales (un entorno cultural común, incluyendo valores éticos, creencias, costumbres y el acceso a las mismas innovaciones tecnológicas y medios de comunicación); una cierta reacción a generaciones anteriores (podemos hablar de una identidad artística que se modula en parte como una respuesta, ya sea de continuidad o ruptura, a los movimientos y estilos dominantes de la generación anterior); una determinada formación y unas concretas redes sociales (espacios de formación -academias, talleres…- y redes de colaboración y discusión comunes que fomentan el intercambio de ideas y la consolidación de un estilo o enfoque artístico y literario compartido); y todo ello expresado mediante un lenguaje y unas técnicas que buscan ser propios y característicos (se exploran y dominan técnicas específicas o elementos estilístico, retóricos, visuales (como el uso del color, la composición o la textura) propios de la época, movimiento o tendencias del momento).
Partiendo de aquí, hemos de señalar, con el fin de situar al visitante en el marco en el que va a desarrollarse esta exposición, que la selección realizada responde más a una intención emocional que a un método taxonómico que desea mostrar cómo se plasman corrientes artísticas y literarias en un determinado espacio y período. Se trata de un viaje emocional a inquietudes y posturas artísticas, que, de diferentes formas y sobre particulares contenidos, marcaron el quehacer artístico – literario posterior.
Los EJES TEMÁTICOS sobre los que se establece el recorrido son:
- Un contexto /una amistad: Compañerismo, empatía, apoyo, complicidad son algunos de los sentimientos que definen la relación entre Jesús Hilario Tundidor y Antonio Pedrero, pero también su vinculación alrededor del hecho artístico en sus diferentes manifestaciones y su insistencia en temas comunes que se repiten en la obra de ambos.
- Una intrahistoria: la vida cotidiana, las historias anónimas, esa vida al margen, que contrasta con la historia oficial de grandes eventos y figuras, es una realidad que se manifiesta tanto en lo poemas de Tundidor como en la obra pictórica de Pedrero. En ambos asistimos a la expresión de las experiencias humanas más personales, más cercanas, y en la obra de ambos se deslizan continuamente los detalles de la vida diaria que revelan el alma de un pueblo o una época, y que expresan el interés por documentar lo invisible.
- Infancia: El regreso a la niñez, a ese tiempo idealizado de inocencia y espontaneidad, es un tema recurrente tanto en Pedrero como en Tundidor, en cuyas obras se explora la identidad, el juego y la emoción; pero también la tristeza o el desamparo de un tiempo perdido, un modo personal de percibir un mundo que se añora, al tiempo que se ennoblece.
- Una ciudad: Zamora, (esa «Zamora horizontal», de Antonio Pedrero; esa «ciudad oscura», de Tundidor), ciudad natal de ambos, se convierte en una fuente inagotable de inspiración temática. Representación de un paisaje urbano, del escenario de una vida, que acaba convirtiéndose en un símbolo de origen, identidad y creación artística.
- Un río: Dentro del paisaje urbano el rio Duero se alza como una fuente inagotable de inspiración tanto para el escritor como para el pintor, simbolizando en ambos el paso del tiempo, la vida, la conexión o el viaje, manifestándose como representación física de sus aguas y ecosistemas o como metáfora profunda de fluidez, permanencia o cambio.
- Un paisaje: Mucho más que un mero fondo, el paisaje castellano se vuelve un tema esencial en la obra de Pedrero e Hilario Tundidor. Nos hallamos ante modos particulares de expresar las emociones, pero ante formas diferentes de relacionarse con un realidad imprescindible y constante, con un entorno con el que se confronta la experiencia humana de múltiples maneras: desde la calma hasta el asombro, desde la plasmación realista a la expresión onírica o simbólica.
- Gentes: Zamora en sus gentes. La representación de las clases populares, campesinos y trabajadores es una constante en el pintor y en el poeta, desde escenas costumbristas hasta la inclusión de temas sociales, reflejando su vida, oficios y cultura, y a veces criticando la desigualdad, contrastando con el ayer y el ahora, viajando a la esencia familiar .
- Una historia/una mitología: “Allá en Castilla la Vieja/un rincón se me olvidaba, /Zamora había por nombre, / Zamora la bien cercada”, como sabemos, el poema del que estos versos forman parte, surgido para dar cuenta de un episodio bélico supuestamente ocurrido a finales del siglo XI como consecuencia de las disputas por reunificar un reino roto a causa de una herencia real, pertenece a un sugerente corpus literario que se ha ido consolidando y actualizando a lo largo de los siglos. Ya sean recogidos por cronistas, glosados por historiadores, cantados por poetas o reinterpretados por artistas de todo tipo, y más allá de la instrumentalización partidaria a la que hayan podido verse sometidos, los acontecimientos relacionados con el trágico sitio de la ciudad de Zamora han dado lugar a un relato absorbente en el que, como sucederá con otros muchos hechos de nuestra Edad Media, historia, ficción y leyenda se han entremezclado de manera indisoluble.
- Semana Santa: Mucho más que una manifestación del alma popular, la Semana Santa, ese tema que «casi me ha hecho pintor», que dirá Pedrero, significa muchos más que narrar visualmente la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, mucho más que mostrar las representaciones poéticas o pictóricas de los temas clave del sacrificio, dolor, redención y triunfo. Poetizar Zamora, pintar Zamora es profundizar en el dolor que hiere como Clavos, es describir la soledad infinita de una madre herida por la muerte del hijo; esa revelar cómo surge una ternura infinita frente a Jesús muerto; es escuchar el silencio dolorosamente sorprendido… poeta y pintor aprehenden a unos protagonistas que ennoblecen la materia que les da forma y los llenan de alma, de vida atormentada y fibra espiritual, de recogimiento y honda pasión amorosa…

A MEDIADOS DEL SIGLO XX, España vive aún bajo el régimen franquista, lo que implicaba una fuerte censura y un control cultural; sin embargo, ya se atisba una cierta «apertura» y una búsqueda de nuevas formas de expresión. Poco a poco se van introduciendo intentos de renovación y modernidad tanto en literatura como en las artes, incluso en un ciudad pequeña y provinciana como Zamora se observa un deseo de superar ciertos esquemas anteriores y de conectar con algunas de las corrientes e inquietudes foráneas, aunque sea inevitable pasarlas por el tamiz de la peculiar realidad española. Compromiso social y existencial coexisten en la producción artística y literaria con cierta responsabilidad frente a una realidad social gris que incluye intentos de crítica velada al régimen, pero que se descubre sobre todo en la reflexión sobre la existencia humana, la soledad, la injusticia, etc.
Mientras que en poesía se impone un lenguaje más coloquial y cercano a la experiencia cotidiana, una preocupación por temas sociales y existenciales que incluye una visión desencantada de la vida y la sociedad y se nutre, cada vez más, de influencias extranjeras e intentos de modernización; en la pintura y esculturas de este período, aunque no se abandona el carácter figurativo, se viven intentos de cierto informalismo y arte abstracto. Escritores y artistas buscan cada vez con más ahínco nuevas formas de expresión, a menudo abstractas y gestuales, que reflejan también una inquietud existencial y un deseo de romper con las formas tradicionales, pero también de indagar desde otras perspectivas en lo cercano.
Como sabemos el imaginario funciona sobre la base de representaciones que traducen en imágenes mentales una realidad material o una concepción, de modo que esa realidad acaba ubicada en nuestra percepción mediante una especifica transformación simbólica. El imaginario es justamente la capacidad que tenemos, de llevar esta transformación a buen término. En las obras de los escritores y artistas zamoranos de aquellos años no será extraño descubrir intersecciones, que se proyectarán de forma diversa durante las décadas siguientes, alrededor de un imaginario común, una exploración compartida de la condición humana, de la soledad, del paso del tiempo, la rotundidad del espacio compartido o el sentido de la vida en un contexto de dificultad y cuestionamiento de lo establecido. Reflexiones que tanto en poetas como en pintores o escultores reflejarán un deseo de expresión más sincera y auténtica, alejada de las retóricas oficiales, y que darán lugar a obras que en arte bordean cada vez más el realismo figurativo al uso y se decantan por nuevas formas de reflejar el mundo y por cierta introspección que conduce al informalismo o la abstracción, y que en literatura no eluden las consecuencias de la guerra civil, la represión, la falta de libertades y las desigualdades sociales, y pasan a cuestionarse una seguridad basada en los dogmas para, desde la duda y el cuestionamiento, intentar penetrar en lo mucho que se vislumbra tras las sombras.
Es cierto que no puede hablarse de una regla común, y que los escritores y artistas zamoranos se moverán entre diferentes intereses, pero es indudable que la interacción que en círculos culturales y tertulias se produjo en aquellos años propiciaba un fluido intercambio de ideas y propuestas artísticas… Un espacio cultural que, en la Zamora de los años 50 y 60, se caracterizará por una convergencia temática y estética impulsada por inquietudes y búsquedas compartidas en un contexto histórico y social común. Si bien cada disciplina, desde sus propios lenguajes y medios, buscará sus propios espacios, todas compartirán ciertas dosis de renovación, autenticidad e intentarán expresar las complejidades y tensiones de una sociedad que está empezando a sentar las bases para la modernidad artística y literaria posterior que compartirán los escritores y artistas cuya obra empieza a desarrollarse durante aquellos años.


Algunas de las obras expuestas, nos hablan, no de un sueño colectivo, sino de un ejemplo de cómo las obras de arte capturan la esencia de la amistad a través de su lente artística y de cómo esa amistad puede forjar conexiones profundas que se verán reflejadas en la obra de ciertos escritores y artistas, llegando a tener un impacto significativo en los itinerarios vitales y creativos de cada uno de ellos.
En aquellos años de mediados del siglo XX, en no pocas ocasiones, veremos como la amistad se extiende más allá del ámbito social, y se desliza hasta el del arte; pues muchos escritores y artistas compartirán, en aquellos años, vínculos que se proyectarán dentro y fuera de sus esfuerzos creativos. En no pocas veces la amistad, marcada por el respeto mutuo, la admiración y la camaradería, los llevará a apoyarse mutuamente a través de la colaboración en desafíos compartidos (los murales del bar restaurante La Golondrina o del bar La Reja) o mediante la colaboración en catálogo o celebrando éxitos personales.
No serán pocas las veces en que escritores del grupo redactarán presentaciones o escribirán poemas para catálogos de exposiciones ni faltarán pinturas basadas en textos escritos (baste recordar los grabados, expuestos en esta muestra, que Antonio Pedrero realizó para el libro Río Oscuro, y que se han podido recuperar para esta exposición a partir de las planchas que la familia del poeta conservaba) o los retratos en los que los amigos serán representados. En el famoso cuadro de Pedrero “La Golondrina” encontramos uno de los retratos más conocidos del poeta Claudio Rodríguez, y en él pudo estar también otro poeta amigo: Jesús Hilario Tundidor, quien aparece en los primeros bocetos (algunos expuestos también aquí), pero cuya presencia el pintor descarto al final por motivos técnico de la composición.
Pero, más allá de esas presencias anecdótica en obras de temática diversa, existen retratos que son testimonios de la incidencia de la amistad como tema de inspiración y admiración. Por ejemplo, será el propio Pedrero quien recordaba que «el primer retrato» que pintó a su amigo Claudio Rodríguez, lo realizó cuando apenas contaba 15 años (obra que ahora está en posesión de la Fundación Allende de Toro), y que, como tras la muerte de Jesús Hilario Tundidor, quiso publicar un artículo en el periódico zamorano La Opinión en el que al hilo de los retratos que realizó a su amigo de adolescencia y juventud recorría el camino vital y literario del poeta: el primero es del año 1955, cuando este irrumpía como joven promesa de la poesía zamorana en el panorama de las letras locales. El segundo corresponde a uno de sus primeros libros, ‘Río Oscuro’, del año 1960, en el que colaboré. El tercero está hecho en su madurez y total reconocimiento, en 1988, como gran poeta nacional con importantes premios literarios en su haber; y el cuarto y último dibujo (con sombrero) es del año 2015, en su 80 cumpleaños.







El patio de una casona, una plazuela abierta al juego, la luz magnánima del sol en las mañanas claras de abril… se vuelven alegrías en las que se aposentaba la infancia.
Como en los atardeceres, al oscurecer de las calles bajo una luz turbia y pobre de bombilla eléctrica, las pandas de adolescentes aspirábamos la libertad, en las carreras y los garitos del juego al escondite que nos reunía.
La infancia de es uno de los pilares fundamentales del imaginario artístico y literario de estos estos escritores y artistas. Marcada por el entorno familiar y la vida cotidiana en una ciudad provinciana de posguerra, el tema de la infancia explora, desde la nostalgia, la inocencia, la magia, los sueños, la nostalgia y la libertad, y es por ello vista, a menudo, vista como un paraíso perdido o un tiempo de maravilla donde el mundo se descubre por primera vez, manifestándose en poemas y cuadros a través de la memoria, el juego, la naturaleza para capturar la esencia de una etapa vista como un espacio del asombro y la creación.







Zamora como sujeto poético y como realidad representada implica mucho más que un espacio urbano y sus habitantes. Ya sea desde el rechazo hasta su aceptación complacida; Zamora, implícita o explícitamente, queda expresada continuamente en la obra de este grupo de escritores y artistas con los que Pedrero y Tundidor conviven.
A lo largo de su carrera, son muchas las obras en las que tanto la capital como la provincia de Zamora emergen como elementos centrales, capturados desde perspectiva diversas y con intenciones varias, según el momento o el estado de animo del poeta o el pintor, pero siempre desde el corazón y la emoción profunda.
La representación de lo urbano se convierte en aquellos años de mediado del siglo XX en un fenómeno clave para comprender el arte y la literatura, pues en muchas de las obras de ese momento se descubre una necesidad de poetizar o representar los espacios urbanos como escenarios de la vida, de comprender su influencia en quienes los habitan, los efectos que provoca en el sujeto que los experimenta.




El Duero no es solo un accidente geográfico susceptible de ser representado o cantado; es casi un arquetipo poético, un río que ha sido humanizado, mitificado y cargado de significados por la sensibilidad de los poetas y los artistas zamoranos que han hecho de él objeto o sujeto de sus obras
Siguiendo la estela de producciones pasadas, el río Duero se ha convertido en una fuente inagotable de inspiración, en una especie de expresión poética y visual de la identidad, la historia, el paisaje y el sentir de personal y comunitario de la ciudad y sus gentes. De hecho, la Zamora de los versos de Tundidor y los lienzos de Pedrero adquiere parte de su identidad a partir de este río, haciéndolo testigo de su historia y su esencia como territorio vital.
Al mismo tiempo, su corriente que se ha constituido como metáfora del paso del tiempo símbolo de la visión heraclitiana que adquiere tanta importancia en la obra de Tundidor, y que parece contrastar con ese ·río duradero» de Claudio Rodríguez. Sin embargo, ambas se unen en el modo en que el río se ve modulado poéticamente desde la capacidad de emoción ante el hecho que acontece o ante la realidad profunda a la que se accede tras la contemplación y que se traduce en ese nombrar las cosas al nombrarlas como única forma de superar la fútil inmanencia de las cosas. Una visión del río que se completa con la de pintores como Pedrero que toman el discurrir del río como forma de acceso a los paisajes cambiantes de la tierra que atraviesa: desde las alturas donde nace en los Picos de Urbión, pasando por las llanuras castellanas, los cañones y arribes, hasta su desembocadura en el Atlántico, y que se acerca al modo en que el río se ha ido manifestando en escritores y artistas que se han acercado a él en toda su diversidad: La chopos que bordean sus orillas, la flora y fauna asociadas a su ecosistema, o la luz que se refleja en sus aguas.
Y junto a esa carga simbólica o expresiva de la que participa, el río se verá convertido también en un interlocutor, en un confidente silencioso ante el cual el yo poético se abre y reflexiona sobre sus propios sentimientos, anhelos y desilusiones. El río como un espacio para la contemplación, y como una vía más en la búsqueda de la verdad interior.




El paisaje es un concepto cultural Es cierto que » El arte, a través de su necesidad de imitación y representación, nos ha enseñado a observar y valorar los escenarios de la naturaleza más allá de lo físico».
«Y en esa valoración sentimental del territorio, en la fron tera entre la realidad vista y la representada, entre lo concreto y lo imaginado, entre naturaleza y artifcio, es donde los holandeses hicieron del paisaje un asunto pictórico: «el género más revolucionario» [Gombrich 2000,p. 108]; trascendiendo la simple descripción objetiva para idealizarlo bajo una visión subyugante; presagiando su posterior triunfo como fuente de inspiración del movimiento romántico y del pintores del siglo XIX: Gainsborough, Friedrich, Turner, Constable, Corot y tan tos otros » en «La representación de la mirada paisajista sobre el territorio», Fernando Linares García
Hablar de paisaje no es lo mismo que hablar de naturaleza. El paisaje no es solo el territorio físico que nos rodea, es algo más, una «construcción mental» [Maderuelo 1997, p. 5]:
una relación subjetiva que se establece entre el hombre y su medio natural a través de la mirada; una visión que proyecta un sentimiento emocional sobre el lugar, su genius loci. Paisaje
no es solo lo que existe, lo que está delante de nosotros, el paraje; no es simplemente lo que se ve, es lo que se percibe. Y percibir es una manera de proyectarse sobre nuestra realidad, interpretándola afectivamente y transformando lo experimentado en un objeto estético; «artealizándolo» [Roger 2007, p. 13] in visu e intensifcando lo percibido >1@.
La naturaleza se hace bella a nuestros ojos por mediación del arte, el cual, a través de su necesidad de imitación y representación, nos ha enseñado a valorarla más allá de lo físico, idealizándola y contribuyendo a confgurar el concepto de paisaje. Siempre debe existir una “ligazón” entre los elementos contemplados. Ese nexo no es solo material, es más profundo. Existe paisaje cuando aparece una com- prensión sensible, subjetiva y poética; en resumen, plástica; una suerte de estado de ánimo necesario para contemplar la realidad visual. La palabra “paisaje” explica la presencia del hombre so- bre el territorio, pues «lleva los signos de la antropiza- ción de la tierra» [Milani 2015, p. 38]. Es un concepto cambiante, una noción comodín ligada a la evolución de la pintura a partir de los descubrimientos cient¯fcos del Renacimiento y de la experiencia estética del viaje.
Como su río Duero, el paisaje zamorano ha estado siempre presente en la obra Tundidor y Pedrero, no solo como mero telón de fondo; muy al contrario se ha convertido en un elemento central y multifacético que interactúa con el yo creador para ir mucho más allá de una simple descripción visual. Los elementos naturales que definen el paisaje castellano y leonés: el relieve, la vegetación, la hidrografía …se convierten en la obra Pedrero y Tundidor en símbolos, metáforas, reflejos de estados de ánimo, y en no pocas ocasiones en verdaderos catalizadores de la memoria .
Y también el paisaje es una fuente de belleza estética en sí mismo. La poesía busca capturar y transmitir la riqueza sensorial del paisaje: sus colores, sonidos, olores, texturas y formas. La descripción detallada y vívida del entorno natural es un fin en sí mismo, deleitando al lector con la imaginería.
Tanto los cuadros de Pedrero como en los versos de Tundidor el paisaje se vuelve un personaje, un símbolo, un espejo emocional. Un paisaje diverso, vario, que permite al poeta y al pintor explorar los matices de la experiencia humana mediante la relación del ser humano con el mundo natural.



Tanto en Tundidor como en Pedrero, captar las costumbres de su tierra no significa documentar hechos o actitudes, sino de un intento por captar su significado verdadero; no se trata de reproducir fenómenos de una cultura popular, sino de cantar la esencial realidad del mundo, lo que se encuentra más allá de la mera presencia que señala las acciones.
Las ágüedas, las romerías, las fiestas, los trabajes, los cabezudos, los artesanos, esa cultura popular tan arraigada en tierras zamoranas, se traduce en ambos en la búsqueda de lo existente, y les empuja a indagar en lo que subyace, a bucear en lo que lo constituye y lo permanece, en aquello que vibra y se desarrolla, para incorporarlo a su propia visión del mundo, y luego devolverlo al mundo con la emoción del cántico en el poema o la tensión de la imagen en el cuadro.
La cultura popular se convierte en objeto estético, como símbolo y expresión no solo del entretenimiento de las gentes, sino como manifestación del ser. El poema o el cuadro revelan códigos, narrativas y significados profundos que se esconden tras la vida cotidiana y la identidad colectiva, vinculando arte y vida de forma profundamente emocionante.
No se trata solo de un viaje etnográfico al ser popular, sino de una descripción detallada y profunda de su cultura a través de la observación participante, buscando comprender la perspectiva interna (émica) del grupo y el contexto natural (in situ) para captar las interacciones sociales y los significados culturales, sino que esa indagación se traduce, la mayoría de las veces, en una búsqueda de la propia identidad.
Una búsqueda que encuentra una enorme verdad en una cultura popular que acaba siendo plasmada en la pintura y poesía de diversas maneras, desde la referencia o representación directa de objetos artesanales o de escenas cotidianas hasta la expresión individual de usos domésticos, religiosos, ceremoniales, ornamentales o recreativos, como una manera de expresar desde lo básico emociones, pensamientos o preguntas personales.
Antonio Pedrero inmortalizó la vida cotidiana de Zamora través del mural del bar «la Golondrina». Poemas como «Mañana de Corpus Christi en el Duero», de Tundidor, bucean en esa misma dimensión de los popular, de lo consuetudinario.

Poema de Tundidor para el señor Matías
Cuadro de Pedrero sobre oficios



Los objetos cotidianos a través del poema o el cuadro se elevan a símbolos de lo trascendente, expresando sentimientos, emociones, representando el paso del tiempo o mostrando nuevas perspectivas de la condición humana. Asistimos a modo de transformar lo ordinario en extraordinario a través del lenguaje figurado y la emoción del trazo y el color. Cualquier objeto puede la clave que abra la lírica de lo cotidiano.
La poesía de Tundidor o la pintura de Pedrero se llenan de símbolos cotidianos que nos conectan como receptores con significados más profundos. En su proximidad, los objetos nos hacen sentir, penetrar en lo inverosímil y materializarlo. En este sentido, la poesía de Tundidor y la pintura de Antonio Pedrero dirigen nuestro pensamiento, nuestra mirada la mirada hacia el mundo de un modo especial, como no como si fuera simplemente el mundo sino algo más, le devuelve a este lugar su carácter trascendente. Tanto en la poesía como en la pintura los objetos y las emociones acaban teniendo uniones secretas que hace que la literatura o el arte no son esa “arma de defensa contra la vida cotidiana”, de la que nos hablaba Novalis, sino el antídoto que nos despierta del letargo de la costumbre, pues ambos nos permiten mirar, y vivir, experiencias nuevas dentro de la regularidad y lo cercano. En ambos el tratamiento especial de los objetos es una forma de sentir el mundo.


La historia como momento vital, la historia como mitología, la historia como acontecimiento colectivo, se convierte en una continua fuente de inspiración. Tanto en la poesía como en la pintura de nuestros autores el hecho histórico se manifiesta como narrativa poética, no factual. Recrean y evocan sucesos como parte de un ritual que sirve para transformar la realidad y dar sentido colectivo al mundo presente.
La historia se instala como base de la creación en tanto se refleja la realidad emocional de un tiempo, no documento histórico que busca capturar las vivencias, luchas y mentalidades de una sociedad y una época, sino como.


«El regalo maravilloso de vivir nos exige, a veces, una grave penitencia «. Vida y muerte, alegría y dolor, exaltación y serenidad, sexualidad y pureza, pasado y presente, el bien y el mal. Toda la dicotomía y oposición de contrarios que enriquecen la existencia y la reflexión sobre ella, se aúnan en para intentar crear en una situación emocional del pensamiento, una comprensión radical del acontecimiento humano. Ser en transcendencia, ser espiritual, esencial que se pregunta, que duda, que interroga, que busca.
Con mayor o menor relevancia o intensidad el vínculo emocional con la Semana Santa zamorana se proyectará en poemas, dibujos, esculturas. A veces, jugando un papel decisivo en el desarrollo de la vocación artística como ha señalado alguna vez Antonio Pedrero quien no duda en señalar cómo la Semana Santa zamorana, sus pasos e imagineros y su especial ambiente y entorno, marcó su natural inclinación hacia las artes plásticas. ¿Cómo podrían pasar desapercibidos a los ojos y mente aquellos niños los grupos escultóricos como ‘La Caída’, el ‘Caballo de Longinos’, ‘La Crucifixión’ o ‘La Elevación de la Cruz’? ¿Cómo no vibrar con el realismo de las figuras de don Ramón Álvarez a las que tan solo les faltaba hablar o echarse a andar entre las gentes?
Por ello en muchos de los escritores y artistas zamoranos poetizar Zamora, pintar Zamora es en viajar continuamente a su Semana. Es pintar ese dolor que hiere como Clavos, es describir la soledad infinita de una madre herida por la muerte del hijo; esa descubrir cómo surge una ternura infinita frente a Jesús muerto; es escuchar el silencio dolorosamente sorprendido… poeta y pintor aprehenden a unos protagonistas que ennoblecen la materia que les da forma y los llenan de alma, de vida atormentada y fibra espiritual, de recogimiento y honda pasión amorosa…

SEMANA SANTA


audiolibro: Semana Santa en Jesús Hilario Tundidor
En cuanto al contenido, la exposición, además de contar con una pieza teatral breve original, titulada La Reja o el arte de lo efímero, que de forma complementaria se representaría el día de la inauguración, y en la que, de manera cómico dramática, se rendiría homenaje al grupo de artistas jóvenes de mediados del XX que se embarcaban en proyectos artísticos tan peculiares como el del bar La Reja, de manera entusiasta, se compondría de:
PANELES INFORMATIVOS
FOTOGRAFÍAS ORIGINALES
RECORTES DE PRENSA ORIGINALES
DOCUMENTOS AUDIOVISUALES
DOCUMENTOS SONOROS
Y sobre todo:
TEXTOS DE ESCRITORES Y POETAS (primeras ediciones, manuscritos …):
- Jesús Hilario Tundidor
- Claudio Rodríguez
- Waldo Santos
- Alfonso Peñalosa
- Lorenzo Pedrero…
OBRAS DE PINTORES Y ESCULTORES:
- Parrilla
- Esteban Lamas
- Alberto de la Torre,
- Jerónimo Hernández
- Luis Quico
- Adolfo Bobo
- Tomás Crespo
- Ramón Abrantes
- Alfonso Bartolomé
- Higinio
- Quero
- Laperal
- Hipólito
- Renolla
- Novoa
- Castilviejo
- Bedate…
FOTOGRAFÍAS








LA REJA



DOCUMENTOS SONOROS Y AUDIOVISUALES
