
(Zamora, 1955)
Nota Biográfica
Ángel Fernández Benéitez, se da a conocer como poeta con Espirales, un libro de juventud con el que gana el primer premio de poesía «Ciudad de Toro» en 1980. Por motivos de su trabajo como profesor de Lengua y Literatura, se desplaza a Lanzarote en 1982 y fruto de su encuentro con el mar y el mundo insular surge el libro A la orilla del júbilo, premio Esperanza Spínola de poesía. Durante su estancia en la isla, participa con el Programa de Animación a la Lectura del Cabildo insular en el programa Cuentos a la carta, para el que escribe algunos relatos como El entierro de la barrillera, El soneto, El único cuento, La Bruja Harilla) y colabora en algunas publicaciones locales con ensayos como La nueva contaminación, Paraísos artificiales, etc. Otros títulos de poesía publicados durante su estancia en la isla son Los ademanes cautos del deseo (1988), Epistolio (1994), y La conducta inocente, (1998). En 1999, regresa a Zamora. En su ciudad natal es socio fundador de Magua Sociedad Literaria que contribuyó a la difusión y conocimiento de la obra de poetas. A este nuevo periodo pertenecen los libros de poesía Cuaderno de otoño (2002), El ajuar de la noche (2002), El sistema en la niebla (2004), La mar inmóvil (2007), Blanda le sea (2010).antología Perdulario.
Bibliografía poética esencial
Espirales (Fundación Sañudo Barquín, Toro, 1980), A la orilla del júbilo (Ayuntamiento de Teguise-Lanzarote, 1989), Epistolio (Libertarias, Madrid 1994), La conducta inocente (La Palma, Madrid, 1998), El ajuar de la noche (La Borrachería, Zamora, 2002) Cuaderno de otoño (Elguinaguaria, Arrecife, 2002), El sistema en la niebla (Iria Flavia, La Coruña, 2004) y La mar inmóvil (Cíclope Editores, Arrecife, 2007), Perdulario (1978-2013), 2014, Memoria del ave encanecida, 2016.










Fototeca




FONOTECA DEL AUTOR



De su obra de ha dicho
MEDIATECA
POÉTICA
EL VENDEDOR DE POEMAS
Hay quien vende poemas por las calles.
Gente de poca monta que por unos duritos
te entrega unas palabras.
No son nuevos juglares ni persiguen la gloria.
En general son yonquis y gentes desoladas.
A veces con descaro, se copian cinco versos
de alguna antología más o menos ruinosa
que en algún bar moderno de Malasaña, acaso,
con ínfulas de culto y de tertulia progre,
se expone entre volúmenes sobados.
Alegan una causa tan noble como el hambre
y sonríen sin gracia con un vacío oscuro
donde crecieron dientes, los nuevos, que llenaron
el hueco de los años ya sin leche.
Ya no queda ninguno.
Poemas para tontos por unos duros sólo
de los grandes poetas conocidos.
Pero otros, menos ricos,
poemas tan triviales como la vida misma
se deben a la voz que escapa por el hueco
donde hubo una sonrisa de Profident blanquísima
que una madre juiciosa
cuidó con mucho esmero.
